TRES REGALOS

Uno de mis tres regalos se llama Guatemala y es un morral, otro es un anillo, se llama Chiapas y el tercero son una pulsera y unos aretes; Se llaman Mexicali. Son mis más grandes tesoros de los últimos días que la vida me ha regalado.
Cuando Marvin me regaló el morral me dijo algo así como que era elaborado con manos de indígenas Q’eqchies de Chahal y que al tenerlo los recordara a ellos, sus vidas y la invitación de regresar a esa tierra que me recibiría con gusto. Era ya jueves santo, habíamos regresado de “cebolito” a donde habíamos ido a la celebración del lavatorio de pies: la institución de la eucaristía, al día siguiente saldríamos a las cuatro de la mañana a la capital de Guatemala, para permanecer allí hasta el domingo en que regresaríamos a México.
Nos reunimos los seis en la sala para despedirnos. El padre Marvin y el hermano Oscar, que será en adelante el querido y buen “Chino” (porque tiene los ojos medio rasgados) se alternaban para darnos a cada uno un morral y decirnos de manera personal algo sobre nuestra presencia, el gusto de compartir y la invitación a continuar en contacto entre nosotros y con la vida de los indígenas que algunos recién descubrían. Sus palabras sonaban a compromiso porque además dentro de cada morral depositaron un pin de su congregación: “Los misioneros del Sagrado Corazón”, decir cosas como: “los indígenas en morrales como éstos llevan su semilla cuando siembran, de ellos la sacan para depositarla en la tierra y llevan además su alimento para la jornada de trabajo, te lo entrego para que recuerdes que eres sembrador(a), continúes sembrando y saques de esta experiencia alimento para la jornada”, no eran cualquier cosa ni cualquier despedida.
Cuando bajamos convocados por ellos ya estábamos todos en nuestras recámaras disponiendo todo para salir muy temprano, veníamos cansados, algo molidos del camino y con sueño, pero ese momento selló la jornada que habíamos iniciado varios meses atrás cuando invitados por Alejandro que había sido voluntario por dos años en ese centro educativo iniciamos juntos.
Nos habíamos reunido por primera vez un par de meses atrás antes de salir, algunos habíamos iniciado actividades juntos para reunir fondos y costear nuestro viaje. Tres de nosotros(as) somos compañeros de trabajo en Mexicali, aunque trabajamos en diferentes áreas: Ana en primaria, Alex en Secundaria y yo en prepa, nos conocíamos lo elemental que permite la relación laboral educativa. Xochitl es egresada de prepa y estudiante de medicina, Vanesa English teacher de otro colegio y Oscar tallerista con niños sobre derechos humanos. A los dos últimos yo por lo menos jamás había tenido contacto con ellos hasta vivir esta aventura.
Emprendimos juntos el viaje que nos llevó primero a atravesar la república mexicana completa y ponernos en un par de vuelos de una frontera a otra del país pasando por una escapada al metro en el D.F. que para algunos fue todo un suceso. Las fronteras nos obligan a identificarnos y a cambiar moneda; eso hicimos y luego atravesamos también Guatemala en transversal para adentrarnos en la selva y llegar a Chahal, del departamento de Alta Verapaz, llegamos el domingo de ramos. Dejamos nuestras maletas en el centro Faustino Villanueva, que sería nuestro hogar por esos días porque en esos momentos no estaban los hermanos misioneros del sagrado corazón que para entonces (excepto Alex) ninguno de nosotros(as) teníamos ni idea de cómo eran y nos fuimos a misa de la comunidad, luego a comer y a visitar a unas hermanas que viven junto de la parroquia y que atienden un dispensario.
Llegamos al centro, nos instalamos en nuestras habitaciones y descansamos un poco, teníamos dos días haciendo y deshaciendo maletas de pisa y corre por los lugares a donde medio pernoctábamos y medio comíamos y así. Nuestra tarde-noche fue para terminar de ubicarnos en el centro, organizar nuestra actividad de esos días, segmentarnos en un par de sub-equipos: Alex, Oscar y Xochitl se encargarían de trabajar en el centro de cómputo del centro. Ana, Vanesa y yo en la biblioteca. Alex y Ana en paralelo fueron armando un esquema para trabajar un tema con los grupos juveniles a los que acudimos y con los profesores del centro, se aseguraron de que fuera dinámico, participativo, alegre y con buenos frutos. Nos distribuyeron segmentos de intervención a todos. El tema: discípulos y maestros, una probadita del documento de aparecida. Vanesa nos salvó a todos de la cocina, porque aparte de ser una excelente cocinera, lo disfruta, le gusta y no quería a nadie por allí en “su cocina” que derrochó manjares por esos días.
Al día siguiente y antes de arrancar con la chamba tomamos la mañana para irnos a “las conchas”, un balneario cercano que nos querían mostrar y que cuando vimos la dinámica del trabajo nos dimos cuenta que sería el único momento de pasear y empezamos por allí, gran acierto. Es un lugar hermoso con cascadas, los habitantes de la localidad se encargan de cobrar una cuota y a cambio tienen el lugar muy limpio y resguardado. Por supuesto nos hicimos al frescor de su agua y el encanto de su paisaje, Xochitl y Vanesa perdieron en sus aventuras una chancla cada una y varios salimos con raspones producto de nuestra inexperiencia de surcar los espacios naturales. Nuestra comida fue deliciosa que amenizó una enorme culebra de agua que escandalizó a los turistas que andaban por allí cerca del agua y que los indígenas llamaban a la calma porque aseguraban que son inofensivas y que la estábamos asustando con nuestros gritos. Yo por lo pronto la hice protagonista del viaje con mi cámara fotogràfica.
Nuestro trabajo en el centro y con los grupos fue modesto desde nuestra apreciación. Porque disponíamos de poco tiempo, pero creo que fue útil. Las máquinas quedaron chulas de bonitas de los cpu´s, porque de la carrocería no estaban tan mal. En el caso de la biblioteca apenas empezamos, nos pedían ordenar de manera creativa y lo que creo que hicimos fue desordenar todo. Para empezar el modelo de biblioteca tan lejano al usuario y poco funcional. Creo que nuestro gran éxito en la biblioteca fue vender la idea de la necesidad de un rediseño que incluía el espacio físico de manera que le permitiera al usuario estar en contacto con los textos y no solo a un bibliotecario, por supuesto la reclasificación de los textos y de espacios que le ofrecieran al usuario la intimidad con el texto. Algo pudimos empezar en la reclasificación de textos, de exhibir algunas láminas didácticas y algo de aseo y decoración del área del usuario. El resto requiere del seguimiento que le den quienes se quedan.
En el caso de los grupos el esquemita que seguimos era sencillo, pero nos dio buen resultado. Los jóvenes son cálidos y chisposos; (como dicen ellos) es decir activos. No son escandalosos ni gritones, porque los indígenas son así: silenciosos, tienen una característica común: cuando nos despidieron al final de nuestra charla, nos entregaron a cada uno un recuerdito y nos dijeron a cada uno palabras de despedida, comisionaron a un joven para cada uno de nosotros. Lo mismo que hicieron Marvin y El chino, es como un rasgo cultural, son agradecidos y finos en su trato con el fuereño.
En cebolito por ejemplo al final de la celebración, que no fue misa porque el chino todavía no se ordena sacerdote nos pidieron que nos presentáramos cada uno y dijéramos alguna palabra y nos ofrecieron un manjar llamado pacaya que era una especie de elotitos que sirvieron en platón hondo medio caldoso y que había que comer con tortilla y sin cuchara y de beber: café. Allí no pudimos comunicarnos mucho porque eran muy pocos los que hablaban “castilla”, lo que si hicimos fue sentir, oler, mirar, sonreir y comulgar con ese mundo en donde la instauración de la eucaristía adquirió un nuevo sentido, “el que quiera ser primero que sea el último y servidor de todos”, dice el evangelio y el signo del maestro que lava los pies a sus discípulos, tenía frente a si en este caso unos pies callosos de los(as) indígenas que caminan la montaña y que no precisamente vienen saliendo de un spa, pero si de nuestros hermanos que nos abren su casa, su corazón y nos ofrecen su comida.
La capital, las familias que nos recibieron que nos hospedaron que nos compartieron su mesa y su espacio son todo este gran regalo, tienen nombre y apellido: Hervin, Isel, y tantos más que vienen en este morral. La vocación de Marvin y el Chino son un brillo en la montaña, su trato, su relación y amistad es sencilla y su sonrisa fácil. Todas las mañanas iniciábamos nuestro día con una oración que hacíamos en una palapa con piso de cemento en medio de la montaña, el frescor del agua que a las siete de la mañana ya nos había despertado, la naturaleza, el latir de nuestros corazones, el compartir de nuestras reflexiones y el aliento de Dios a nuestras vidas nos hermanaron mas allá de esos días y esas circunstancias

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